Aquella mañana llegaba la abuela Aurelia a Barcelona. Su madre le había pedido que fuera a buscarla al aeropuerto porque ella tenía que entregar su último borrador en la editorial para las pruebas de estilo.
- Sobre todo no te asustes - le dijo. - Cuando la veas llegar, te vas acercando a ella con cuidado, sin movimientos bruscos. Lo más seguro es que viaje con sus dos guardaespaldas. Que si los reconocerás? Si, hija, no lo dudes ni por un momento… a la mafia se la distingue desde la lejos.
Mientras esperaba la llegada del vuelo, veía a los transeúntes pasar y recordaba la última vez que había pasado unos días con la abuela en la Hacienda. Siempre le había parecido demasiado increíble que su abuela fuera la narcotraficante más buscada de Medellín y que ella sola hubiera organizado las mafias de la zona. Aurelia, la mujer que repartía territorios como una reina de la edad media, era la misma mujer que de pequeña le colaba un huevo duro en la fiambrera de la merienda porque “nunca se sabe lo que puede pasar”. Años más tarde supo que la manía del huevo duro tenía que ver con aquella vez que tuvo que salir corriendo de la Hacienda, perseguida por el ejército del gobierno y sólo tuvo tiempo de guardar en el bolsillo el huevo duro que con aceite y pimienta solía tomar a media mañana.
- Señora, tiene hora?
- Si, las… - al levantar la vista se encontró con la mirada azul cristalina de su abuela y sus dos acompañantes vestidos de rojo pasión para la ocasión.
Ahora entendía las palabras de su madre: a la mafia se la distingue desde lejos, incluso cuando se acerca en silencio.
